Perdonad mi prolongada ausencia, la falta de noticias y las preocupaciones causadas por mi falsa muerte, pero el hecho que me ataba a tan hermosa ciudad como París era mayor que mis deseos de volver a casa.
Todo comenzó aquella noche del martes 15 de Abril. Cenando en el autoservicio de la calle Rivoli tuve el placer de conocer a un grupo de italianos que, por casualidades de la vida, descansaban en la 6ª planta del mismo Hotel Kyriad donde íbamos a dormir. En principio me negué, pero tras varias súplicas no pude menos que aceptar su invitación de pasar la noche con ellos de fiesta.
Una vez llegamos al hotel y me dejaron sola en la habitación, llegó la hora de escaparme. Me tenían tan olvidada que nadie notaría mi ausencia. Pasé la noche entre italianos y a eso de las 8 volví a mi habitación entre tambaleos y trompicones. Para que os hagáis una idea de la precariedad de mi estado, os confieso que me equivoqué de habitación catorce veces y de planta, diez, y eso que en el hotel sólo había nueve.
Y entonces, aquel día, llegó el paseo en barco por el Sena. Era el día de mi bautizo y Miguel Ángel se había comprometido a llevarlo a cabo. Pero, de tal mareo que colapsaba mi consciencia, al asomar la cabeza a la barandilla del barco me desmayé y caí al agua.
Lo siguiente que recuerdo son unos brazos fuertes cogiéndome de la cintura y arrastrándome hacia la orilla. Eran los brazos de un apuesto ratón francés, de pelaje brillante y suave. Al instante quedé prendada de aquellos ojos encantadores. Mi salvador decía llamarse Jean-Jacques, y era un romántico parisino.
Cegada por mi amor de primavera, puedo afirmar que aquellos escasos días fueron los mejores de mi vida. Juntos alcanzamos la cima de la torre Eiffel, dormimos junto al Sena al anochecer, nos retrataron en la Plaza de los Pintores, cenamos en un romántico restaurante, incluso asistimos a un ajetreado espectáculo en el famoso Moulin Rouge. Comimos crêpes con chocolate, giramos y giramos en el carrousel frente a la basílica de Sacré Coeur, jugamos bajo la Luna parisina... Ay, amigos, cualquier cosa que os diga sabe a poco.
Al tercer día conviviendo juntos, rompió mi corazón en mil pedazos. ¡Parisino pasional y desbocado! ¡Quiso secuestrarme para él! La noche que descubrí sus intenciones escapé de su morada y recorrí París hasta el aeropuerto Orly. Era viernes noche y vuestro avión ya había partido rumbo a España... sin mí. El resto de los vuelos, cancelados.
Haciendo uso del metro llegué al puerto donde Jean-Jacques solía atracar su pequeño barco poco después de que luciesen las primeras estrellas. Me subí a él y partí río abajo... o eso creía. A la mañana siguiente me desperté esperando aparecer en mi querido Guadalquivir y descubrí con horror que la delgada cuerda que amarraba el barco al puerto se había quedado enganchada a un arbusto espinoso sin dejarme avanzar. Vamos, que en toda la noche había avanzado escasos dos metros.
Jean-Jacques llegaba como cada mañana al puerto, pero aquella vez ni siquiera quedaban restos de aquel romántico parisino. Llegaba furioso y corriendo, la rabia ardía en sus ojos y conducía sus actos. Llevado por ella, por la rabia, quiso tirar de la cuerda, pero la corriente era fuerte y tuvo la mala fortuna de resbalar y caer al río, al igual que yo hice. Sólo había una diferencia: para él no habría salvador.
La cuerda había sido desatada y el barco cogió velocidad río abajo. Lo último que vi fue a Jean-Jacques gritando furioso, cual rata mojada y callejera, forcejeando por salir del agua.
Los días siguientes fueron confusos. Pasé por diversos ríos y mares y no sé cómo ni por qué llegué al pueblo de Tocina, al río Guadalquivir. Llegué hasta la casa de Inés corriendo como si me fuera la vida en ello y, dado lo mucho que gustan las ratas en este pueblo, por el camino casi me matan seis veces. A ver cómo explico yo a la gente que no soy una rata vulgar, sino una ratoncita refinada y bien educada. En fin... el caso es que esperé allí en su puerta hasta que alguien la abrió. Subí a su habitación y me escondí en su mochila, como si nada hubiese tenido lugar. Al día siguiente, volví a 1ºB.
A pesar de todo he de deciros que en estos días he descubierto por qué llaman a Paris la ciudad del amor, aunque como en 1ºB, en ningún sitio.
Con cariño:
Topacio.